Texts and photos by Eduardo López Moreno

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, escribió Antonio Machado. Pero ¿qué ocurre cuando el camino no se puede hacer andando? ¿Qué pasa cuando el suelo, las piedras, los escalones y las pendientes deciden por una persona hasta dónde puede llegar?

Antes de que aparezcan las barreras, aparece Esmeralda. Tiene 16 años y una forma de mirar que no se aparta. Está ahí, en medio de la casa y del día, con la naturalidad de quien ha aprendido a ocupar su lugar aun cuando el mundo no siempre le abre paso. La silla forma parte de la escena, pero no la define. Antes están su rostro, su juventud, sus botas, su manera de sostener el cuerpo y la luz. Nació con un impedimento para caminar, pero no es su cuerpo el que vuelve difícil el camino: es el camino mismo, hecho sin pensar en ella. En su presencia hay una calma firme, como si dijera sin decirlo que no busca compasión, sino espacio; no lástima, sino mundo.
Dentro de su casa, la vida tiene otra escala. Las paredes verdes, la cocina, el calendario, la mesa, los muebles, los utensilios y los objetos cotidianos forman un pequeño universo de color, memoria y rutina. Allí se cruzan el trabajo doméstico, el descanso, la espera, la familia y los días que pasan. En ese interior, la silla no es una excepción: es parte de la vida. Esmeralda se acomoda, se desplaza, se acerca al refrigerador, participa. La casa no es perfecta, pero dentro de ella su movilidad encuentra una posibilidad.

La casa tiene dos rampas hechas expresamente para ella. El pueblo, de unos 600 habitantes, no tiene ninguna. Afuera se anda a caballo, en carro, a pie; también se pasea en canoa por una presa cercana. El territorio parece admitir muchas formas de movimiento, pero no la de Esmeralda. No hay caminos pensados para ella en un lugar que nació con vocación de centro de fundición de hierro a mediados del siglo XIX y dejó de crecer cuando cerró la fundidora. La historia permaneció en sus muros, en sus calles, en sus piedras. Pero no todas las historias encontraron paso.

Toda casa tiene un borde. Una puerta. Un umbral. Un punto donde lo íntimo se encuentra con el afuera. Para muchos, cruzar una puerta es un gesto automático. Para Esmeralda, puede ser el comienzo de una negociación con el espacio. Afuera está el pueblo: sus calles empedradas, sus pendientes, sus edificios, sus costumbres, sus silencios. También están sus ausencias: la ausencia de rampas, de banquetas accesibles, de trayectos continuos, de un diseño que la reconozca como habitante plena.





