LAS DOS RAMPAS: MOVILIDAD RESTRINGIDA

DATE

2026

CITY

VARIOUS
Texts and photos by Eduardo López Moreno

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, escribió Antonio Machado. Pero ¿qué ocurre cuando el camino no se puede hacer andando? ¿Qué pasa cuando el suelo, las piedras, los escalones y las pendientes deciden por una persona hasta dónde puede llegar?

Antes de que aparezcan las barreras, aparece Esmeralda. Tiene 16 años y una forma de mirar que no se aparta. Está ahí, en medio de la casa y del día, con la naturalidad de quien ha aprendido a ocupar su lugar aun cuando el mundo no siempre le abre paso. La silla forma parte de la escena, pero no la define. Antes están su rostro, su juventud, sus botas, su manera de sostener el cuerpo y la luz. Nació con un impedimento para caminar, pero no es su cuerpo el que vuelve difícil el camino: es el camino mismo, hecho sin pensar en ella. En su presencia hay una calma firme, como si dijera sin decirlo que no busca compasión, sino espacio; no lástima, sino mundo.

Dentro de su casa, la vida tiene otra escala. Las paredes verdes, la cocina, el calendario, la mesa, los muebles, los utensilios y los objetos cotidianos forman un pequeño universo de color, memoria y rutina. Allí se cruzan el trabajo doméstico, el descanso, la espera, la familia y los días que pasan. En ese interior, la silla no es una excepción: es parte de la vida. Esmeralda se acomoda, se desplaza, se acerca al refrigerador, participa. La casa no es perfecta, pero dentro de ella su movilidad encuentra una posibilidad.

La casa tiene dos rampas hechas expresamente para ella. El pueblo, de unos 600 habitantes, no tiene ninguna. Afuera se anda a caballo, en carro, a pie; también se pasea en canoa por una presa cercana. El territorio parece admitir muchas formas de movimiento, pero no la de Esmeralda. No hay caminos pensados para ella en un lugar que nació con vocación de centro de fundición de hierro a mediados del siglo XIX y dejó de crecer cuando cerró la fundidora. La historia permaneció en sus muros, en sus calles, en sus piedras. Pero no todas las historias encontraron paso.

Toda casa tiene un borde. Una puerta. Un umbral. Un punto donde lo íntimo se encuentra con el afuera. Para muchos, cruzar una puerta es un gesto automático. Para Esmeralda, puede ser el comienzo de una negociación con el espacio. Afuera está el pueblo: sus calles empedradas, sus pendientes, sus edificios, sus costumbres, sus silencios. También están sus ausencias: la ausencia de rampas, de banquetas accesibles, de trayectos continuos, de un diseño que la reconozca como habitante plena.

En una de las imágenes, Esmeralda aparece vestida con carácter, sentada en su silla frente al mundo. No hay fragilidad en esa escena. Hay identidad. Están sus botas, su postura, su rostro, su manera de sostenerse ante la cámara. Esta historia no intenta reducirla a una condición física. Quiere mostrar cómo un pueblo entero puede limitar la vida de alguien cuando no ha sido pensado para todos

Dentro de su casa, la vida tiene otra escala. Las paredes verdes, la cocina, el calendario, la mesa, los muebles, los utensilios y los objetos cotidianos forman un pequeño universo de color, memoria y rutina. Allí se cruzan el trabajo doméstico, el descanso, la espera, la familia y los días que pasan. En ese interior, la silla no es una excepción: es parte de la vida. Esmeralda se acomoda, se desplaza, se acerca al refrigerador, participa. La casa no es perfecta, pero dentro de ella su movilidad encuentra una posibilidad.

El suelo cuenta una parte esencial de esta historia. Cada piedra, cada grieta, cada desnivel es más que una textura: es una decisión acumulada. Una calle empedrada puede ser pintoresca para quien camina, pero para una silla de ruedas puede convertirse en frontera. Cada rueda que tropieza recuerda que la movilidad no depende solo de la voluntad individual. Depende de cómo una comunidad construye sus caminos.

Cuando aparece la pendiente, aparece también la dependencia. Su madre, Zenaida, o alguien más, tiene que empujar la silla. Alguien inclina el cuerpo. Alguien pone fuerza donde debería haber infraestructura. En su casa, Esmeralda puede ser más autónoma; en la calle, le faltan alas, pero no determinación. Terminó la secundaria y no ha podido continuar en otro nivel porque la escuela está en otro pueblo. Quiere dedicarse a poner uñas y arreglar cabello. Por ahora, vende dulces fuera de su casa.

La ayuda familiar puede estar llena de amor, pero no debería reemplazar a un derecho. Cuando una joven necesita que otra persona venza por ella las calles, el problema no está en su capacidad. Está en una arquitectura cotidiana que traslada el peso de la exclusión a los cuerpos de quienes cuidan.

La iglesia se levanta como un centro de gravedad del pueblo: sus muros antiguos, sus campanas, sus escaleras, la memoria blanca de sus paredes. Para Esmeralda no es solo un edificio; es un lugar de fe, de devoción, de pertenencia. Pero incluso allí, donde el espíritu promete abrir puertas, la piedra impone sus condiciones. Ella llega con esfuerzos, está presente, mira, espera, insiste. Su deseo de entrar no es menor que el de nadie, pero el camino le exige más cuerpo, más ayuda, más paciencia. Las escaleras no hablan, pero ordenan. Los muros no niegan, pero separan. Y así, en el corazón mismo de la comunidad, la arquitectura decide en silencio quién cruza con facilidad y quién debe pedir permiso al espacio.

Esta historia visual no habla de una joven atrapada en una silla de ruedas. Habla de un pueblo que todavía no ha aprendido a abrirse a todos sus habitantes. En ese lugar, las dos rampas siguen estando solo en su casa. Afuera, el derecho a moverse depende de la fuerza de otros, de la paciencia, de la improvisación y del riesgo.

 

La pregunta final no es qué le falta a Esmeralda.
La pregunta es qué le falta al pueblo.